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«El camino» de don Eloy

Dentro de nuestro particular club de lectura, hemos contado con un lector atento y un narrador excelente: don Eloy. Y todo a partir de ese fresco impresionante que es «El camino» de Miguel Delibes, auténtico retrato de un lugar y de una época. ¡Muchas gracias, don Eloy! He disfrutado mucho leyéndole. Por eso, si aún no has leído sus aportaciones, aquí las tienes todas reunidas. ¡Qué delicia!

Capítulos 1 y 2

Nos situamos en la época en que Delibes narra los acontecimientos, la España rural de postguerra, de la autarquía franquista. Enamorado de la vida campestre, se notan los trazos que definen la personalidad de los personajes…

Ensalzando  el vigor del herrero y su hijo «El Moñigo», y ya no solo físicamente sino también aceptando unas personalidades dominantes, ante los estereotipos de la negatividad… «Las Lepóridas y las Guindillas» que aparecen de sopetón y sin más detalles de procedencia, pero sobre las que ya adivinamos, qué piensan y cómo actúan.

Y  mientras, Delibes, maestro, nos va llevando mansamente por el hilo conductor de los personajes, y de momento, empatizando con la idea de «El Mochuelo» de que es mejor la práctica próxima del ser adulto y del trabajo rural,  que la utopía del «prosperar, estudiar y ser alguien en la vida». Yo sí quiero ser como el «Moñigo», yo tampoco quiero irme a la ciudad, yo también quise trabajar lo antes posible, luego la vida te lleva por otros lares… de momento me identifico con estos personajes y con sus situaciones.

Cuánta vida perdida en años de estudio, en exámenes, fuera de tu núcleo afectivo, que quizás después no se relacionen con el trabajo que nos gusta o nos va a tocar hacer, se plantea muy racionalmente, Daniel.

Otra historia era la de los que vocacionalmente querían salir de esos ambientes… que los había…sin ir más lejos, mi amigo sacerdote C. T. Siempre me comenta lo contento y agradecido que está a sus padres, de un pueblecito perdido de Teruel, que hicieron lo imposible por que estudiara y saliera de ese ambiente de pobreza y depresión.


Don Eloy, Zaragoza 1/12/2020

Capítulos 3 y 4

Mi aportación va por la localización geográfica del lugar, como diríamos en Aragón… Entre la meseta y la costa, entre castaños y eucaliptos, el Pico Rando, prados parcelados, vacas y boñigas en la plaza… Conclusión tenemos que estar en Cantabria, antigua Santander, provincia de Castilla La Vieja,  y según investigo, en Molledo, pueblo cercano a la reserva del Saja-Besaya, muy cerca de Bárcena Mayor, pueblo de los bonitos de España, auténtico paraíso del verdor y la frondosidad, y muy cercano al río Besaya. Allí pasaba Delibes muchas vacaciones de su infancia, y de hecho hay una ruta para ver los lugares que nombra. 

Me ha gustado también la descripción de los olores… Las boñigas de vaca en la misma plaza, sin asfaltos, conviviendo con los aromas… Echo de menos esos olores a ganado y caballerías en los pueblos… Hasta de los olores nos olvidamos… El queso, los requesones, el aroma del padre.


De los motes… ¿qué vamos  a decir? A mí «chino» me llamaban en la escuela… y cuando te lo decían de forma cariñosa, agradaba…»chinín, vietnamita, camboyano, oriental»… no así cuando lo hacían con desprecio… De mi padre recuerdo que  a todos ponía mote… yo era el «Míster Chamberlain», mi hermana «Digitinetas», la madre de mi mejor amigo, «El gato con botas», una amiga de mi madre era «Coleta de conejo», su mejor amigo  era «Mortimé» porque trabajaba en una aseguradora llamada «Mortimer and Corporation»… y aún ahora cuando pasamos por su casa, gritamos con fuerza desde el coche con mi hijo «Mortimé», y eso que  lleva décadas fallecido… En fin, la España profunda y auténtica, individual e individualista, como en la actualidad.

Don Eloy, Zaragoza 5/12/2020

Capítulos 5 y 6

Magníficas las descripciones de las Guindillas, Lola, Elena e Irene, tres nombres precisos, pero que pasan desapercibidos. Regias sotas que diríamos, y alguna, hasta vaga y descuidada, lo que hace, que en su funeral ni su propia hermana mayor sienta pena. Personajes que toda sociedad, si es tal,  tiene. Sin ir más lejos, las televisiones disfrutan de multitud de Guindillas, que solo aspiran a saber y contar las idas y venidas del resto de los mortales. ¿Qué sería un pueblo sin Guindillas? ¿Qué serían unas alubias sin guindilla? En aquella serie de los 70, «Crónicas de un pueblo» aparecían personajes como los descritos por el maestro Delibes, y no faltaban también las cotorras inmisericordes.

Y en el capítulo 6, dedicado al padre de «El Tiñoso» y a él mismo, aparecen dos temas muy interesantes… El servicio militar… para unos vilipendiado, para otros una puerta de salida al exterior del mundo y a conocer otras gentes, otras realidades. En mi caso, aún conservo amistades de hace más de 40 años, y todos tenemos recuerdos extraordinarios. Con uno de ellos, hablábamos el otro día de hacernos, cuando se pueda, un viajecito de dos días a Madrid con dos objetivos: ver nuestro cuartel situado en Villaverde en Madrid y visitar el interior de un hotel donde se desarrolla una escena de la película » El crack» de José Luis Garci. La mili y el cine, dos vínculos que unen en largas y duraderas amistades.

Y el tema de los pájaros. Yo no fui aficionado, pero en todo grupo, había el clásico entendido en nidos, crías y cazas. Recuerdo como dichos entendidos contaban como con «vesque», impregnaban las ramas de los árboles hasta que los jilgueros, en Aragón «cardelinas», quedaban sujetos y podían ser introducidos en las jaulas. Dicha técnica hoy perseguidísima. Por cierto uno de dichos entendidos, fue premiado hace unos pocos años con el premio Félix de Azara, máxima distinción en materia medio ambiental en la provincia de Huesca… De cazar con «vesque» en su infancia a cuidar  de buitres desorientados, búhos, alimoches, mochuelos u otras rarezas ornitológicas.
En conclusión, Delibes hace de lo habitual, recuerdo, seña e identidad.

Don Eloy, Zaragoza 19/12/2020

Capítulos 7 y 8

Como toda la novela, un ejercicio de evocaciones que nos llevan a tiempos pretéritos. Esos baños en las pozas, esas pescas, en mi caso,  con retales de cangrejos (ahora que ya solo existe el cangrejo americano que ha terminado con el patrio), esos juegos de tiro con carabina, al pajarito y luego a comerlos con arroz… Todo tiene cabida en nuestra memoria rural, aunque yo solo iba los veranos al pueblo, como Delibes. Y cómo no, los forzudos eran los líderes, aunque luego la cizaña la repartían los más listos. Recuerdo juegos de la infancia, como el marro, el churro media manga manga entera, policías y ladrones, interminables partidos de fútbol y, cómo no, la anécdota de la cigüeña… Con mi hermana asomados al balón,  en la plaza del pueblo, a grito pelado, en plena ebullición de gente y viendo el vuelo próximo de la zancuda hacia el nido de la torre de la iglesia: «cigüeña, tráenos un hermanito». Nunca llegó nuestra petición, mis padres ya eran mayores y hubiera sido más un milagro de Lourdes que del  trabajo del ave procreadora.

De las Guindillas, el lado oscuro y triste de tantas personas que vivieron bajo el sometimiento de los prejuicios, la falta de libertad y del poder de las ideas represoras. Guiño de Delibes a la España católica, apostólica y toledana,  con el lavado de pies a la hermana pecadora y del nombre del malévolo buen ladrón, Dimas. Las Guindillas no dejan de ser verdaderas mártires de una sociedad que no supo, al menos, liberarse de los yugos de la moral infame. Tendremos que ser positivos y pensar que toda meta, tiene antes sus obstáculos y que en algunos es preciso caer para poder renacer como sociedad y como individuos.

Don Eloy, Zaragoza 16/01/2021

Capítulos 9 y 10

La erótica del poder, o mejor dicho, de la riqueza, entra en la vida del Mochuelo, al conocer a la exótica Mica, la hija del indiano triunfador del pueblo. Muchos pueblos del norte de España tienen la herencia de dichos triunfadores, que han dejado casas y lugares fantásticos. Sin ir más lejos, y también en Cantabria, Comillas, gracias a su indiano, luego Marqués de Comillas, tiene su Universidad y el gran Palacio de Sobrellano, donde se alojaba hasta el rey en sus visitas. Y Mica, para el Mochuelo, tiene esa atracción que da el dinero y el poder. Mi abuelo Santiago, por ejemplo, fue indiano en Cuba, tuvo hasta un hotelito, pero regresó pobre a la patria porque siempre fue desprendido y bohemio (que se lo digan a mi abuela que tuvo que trabajar lo que él no hacía en la carnicería del pueblo) y, además, perseguido por su republicanismo en zona franquista. Otro tío, primo de mi madre, se fue a Nueva York por no querer entrar en el ejército. Y allí, gracias a su trabajo de ebanista, hizo su dinerito, que al volver de vez en cuando a España, se reflejaba en un chaletazo en Cambrils, y que vendió por temor a «revueltas comunistas» tras la muerte de Franco y ya casi no volvió.

Esa España de postguerra, que vemos en la cicatriz de metralla del Moñigo, cinco años antes, lo que localiza la acción  de la novela sobre 1942-44, nos indica también las bonanzas de la vida rural respecto a la urbana en aquellas épocas de pobreza y estraperlo. Mi propio abuelo se dedicó al estraperlo en Zaragoza, y una temporada dio con sus huesos en la cárcel. Mi madre, dejando su bachillerato para trabajar y  ayudar,  da fe de la cantidad de sacrificios que tuvo que hacer para proteger a su padre. Luego abandonó a la familia (o quizás fue la abuela la que se hartó, que era de armas tomar) y terminó su azarosa vida con «la otra» y un tío extra que tengo por el mundo.  Personajes de novela que todos tenemos en nuestras historias personales.

Don Eloy, Zaragoza 24/01/2021

Capítulos 11 y 12

«El camino» tiene la enorme virtud de significar un viaje al pasado, a la adolescencia que reflejan los personajes y sus vivencias. Por eso me vienen anécdotas personales en cada entrega comentada. En este caso y en el capítulo 11, las vivencias del Manco, enamoradísimo de su delicada mujer y explicando su mutilación. Me recuerda a mi tío Pepe, mutilado también, en este caso al perder un pie con una de aquellas primeras máquinas cosechadoras. Yo ya lo conocí con su pie de madera y cuando venía a casa, pues sufrió la emigración rural hacia Barcelona, y se quitaba su pie para descansar, me impresionaba muchísimo. Recuerdos de mucha gente con problemas físicos a causa de accidentes de la época como (otro mote de mi padre), «Morros quemaos», un hortelano del pueblo que se quemó los labios al caerle un líquido caliente y que era como el Aurelio del capítulo. Los llamaban «criados» y vivían en las casas porque no tenían donde vivir ni familia, y por un pequeño sueldo, techo y comida sobrevivían y agradecidos. En Los Santos Inocentes vemos ejemplos parecidos pero que eran usuales en aquella España rural tan anclada en el feudalismo y parecidos a los siervos de la gleba.

Del capítulo siguiente y la caza, también me vienen recuerdos estupendos,  con mis tíos ya muy mayores y todos ellos en esa época ya jubilados. Manolo, Luis y mi padre, el más joven, y entre ellos, 20 años de diferencia, se reunían en timbas de cartas, meriendas, que cómo no, realizaba mi sacrificada madre y citas con la caza, y además ejercidas como el padre del Mochuelo con reclamo. Allí iban los tres y yo de chófer con una escopeta, y una perdiz de hojalata que terminaba en un tubo de goma con una pera. Mi padre que era el pequeño tocaba la pera, pacpacpacpapa pacpacpacpapa y cuando la perdiz se acercaba a por la que creía hembra en celo, esperaba mi tío Luis con la escopeta parapetado tras matas de boj y bien escondido. Era el cazador, pero siempre fallaba, aunque la perdiz estuviera a dos metros de distancia. La edad no perdonaba, y esa pandilla que rondaba el más joven los 68 y el mayor 88, ya podía suponerse qué iba a dar de sí. Desde luego el éxito del padre del Mochuelo con su Gran Duque seguro que no. Pero qué bien lo pasaban y lo que discutían.

Don Eloy, Zaragoza 31/01/2021

Capítulos 13 y 14

Bonito y hermoso el capítulo de los amoríos del Mochuelo con la Mica y los efectos colaterales en la Mariuca-uca. Y esto me recuerda una estupenda serie sobre adolescentes y educación, «Merli», cuando a un alumno enamorado de una compañera, su profesor Merli le quita las ganas diciéndole que ella tenía «tempo de dona», o sea, que era ya una mujer para la mentalidad del adolescente. Lo mismo podríamos decir de ese amor platónico del Mochuelo por la Mica, rondando el niño los 10 y ella los 19, .una auténtica mujer bella para los ojos inocentes del niño. Y mientras, la Uca-uca sufriendo ante la ira de Daniel y su inmisericorde confesión sobre su fealdad. Yo también recuerdo ese amor de querer estar, aunque sea un minutito con ella, yo tenía 12 y ella 8, era un verano de playa en la Costa Brava y se llamaba Mabel y yo le adivinaba ya, que tenía, «tempo de dona».

Sobre el capítulo de las gamberradas, y más en los pueblos, qué se puede decir. Aún recuerdo a una señora, viuda, amiga y vecina, Ana,  a la que le quité las llaves de casa y cerré la misma, ella en el balcón, en plena plaza, y vociferando que alguien la había encerrado y le habían quitado la llave. Y yo viendo el espectáculo entre la masa. Hasta que me apiadé y abrí la puerta. Ana con su escoba me persiguió por medio pueblo, y me refugié en casa de mi tío Luciano, allí cutio bajo una cama y Ana metiendo la escoba por un lado y otro hasta lograr la escapada. Y de los martirios a animales, qué decir. Mi primo Luis Ramón tirando con su escopeta de aire comprimido a los ojos de los felinos, mucho más sádico que la lupa inocente de nuestros tres amigos ¡¡Oh tempora oh mores!!

Don Eloy, Zaragoza 07/02/2021

Capítulos 15 y 16

Don Moisés, alias el Peón, maestro de nuestros amigos en una época en que el dicho «pasas más hambre que un maestro de escuela» era acertadísimo, pues los docentes dependían de los ayuntamientos, quienes pagaban sueldos a veces míseros y hasta nulos, de allí que las familias acudieran con gallinas, jamones, pollos y demás fauna rural en señal de agradecimiento.  Tras la Guerra Civil, muchos  fueron purgados. Mi tío Jesús, en Francia. Fabián, pues ambos nombres tenía, tuvo que huir y sobrevivir en el país vecino de pintor de brocha gorda. Eso sí, cuando volvió tras el advenimiento de la democracia, fue readmitido, reconocida su antigüedad y muy ufano, tras jubilarse, cobrar dos pensiones de ambos países. Mi tío Jesús, también era soltero, como el Peón. ¡Qué bien le hubiera venido un  arreglo como el que organizaron nuestro trío de  amigos para conseguir los amoríos con Sara! En la película «La lengua de las mariposas» de José Luis Cuerda vemos también la vida de los maestros de esta época y sus penurias y represalias, en una interpretación memorable del maestro Fernán Gómez.

En el siguiente capítulo, observamos las siniestras intenciones de la Guindilla y el cura, para dominar a la juventud del pueblo y encaminarla por los senderos de la moralidad. Esas sesiones de cine, me recuerdan a las de mi colegio de curas. Los domingos por la tarde a las 4, sesión gratis, con la gaseosa de 1 peseta, pasabas la tarde, y qué malo sabía cuando notabas la labor del censor. En la película “Espartaco”, por ejemplo, recuerdo la escena en que su mujer aparece en un plano en que te imaginas su desnudez, pero rápidamente cortaban con la tijera el fotograma y saltaba la película. A continuación, todos a una, silbábamos como posesos, aunque escaso caso nos hacían los curas censores.

¡¡¡Qué divertidos tiempos!!! y lo bien que lo pasábamos a pesar de todo. Y pienso ahora en esas censuras y las comparo con países actuales de religiones radicales, y aquellos sucesos se quedaban en juegos florales.

Don Eloy, Zaragoza 13/02/2021

Capítulos 17 y 18

En los dos capítulos de esta semana, observamos con atención los discurrires de Daniel, Roque y Germán en torno al coro de voces puras y cómo Lola, la «Guindilla», elimina ya del coro los vozarrones de los dos muchachos más desarrollados, y el complejo que le entra a Daniel. Todo se arreglará y esos complejos infantiles dejarán lugar al sentimiento de orgullo por la canción bien hecha y por el asalto a la cucaña, demostrando que, aun siendo un niño, latía ya un corazón de hombre en el «Mochuelo».  A todos nos ha pasado en algún momento de la vida, este paso hacía el otro lado de la edad, que se ve con cariño con el paso del tiempo. A mi hijo, le digo muchas veces, que tiene que sentirse orgulloso de sus granos y que ahora mismo se los cambiaría. ¡Y qué suerte de tener esa cara de bebé que conserva! Aunque desde luego ninguna gracia le hace lo que le digo y no  logro engatusarlo de manera alguna.

En el siguiente capítulo nos relatan la gran boda de la «Guindilla mayor» con el «Manco» y la envidia, acomodada, de su hermana Irene. Su relación con la Uca-Uca va mejorando, y más aún con el terrible futuro que va a tener esta con su nueva madre. Y la reacción de Lola, con los dos primeros bofetones a su nueva hija al haberse escapado el día de la boda. Lo de los bofetones muy propio de la época. Mi madre era experta en esos masajes en los mofletes cuando hacíamos una buena gamberrada, con lo cual, nada del relato resulta extraño en estos tiempos. Al igual que los gritos homófobos a las voces puras del coro, por nuestros corajudos amigos «Tiñoso y Moñigo».

Don Eloy, Zaragoza 21/02/2021

Capítulos 19, 20 y 21

Y termina la obra, y todo fin se relaciona con la muerte. Acabo de ver el excelente programa de la 2 «Imprescindibles» glosando la figura de la coetánea de Delibes, Carmen Martín Gaite (https://www.rtve.es/alacarta/videos/imprescindibles/reina-nieves-carmen-martin-gaite/5806063/). Y dentro del análisis de su figura, hablan de la muerte de su única hija, Marta, a una edad bastante temprana. Y esto une ambas historias. La muerte, cosa natural, se transforma en tragedia cuando sucede en etapas no debidas: un niño, una adolescente, una persona en la época de más vigor, etc. Son sucesos a los que no estaremos nunca acostumbrados. Ni aun con la filosofía dura del padre del «Moñigo”, que también me acerca a la inolvidable historia que protagoniza Orson Welles en la película «El tercer hombre» y habla de los humanos como simples hormigas vistas desde la distancia. Nada tiene importancia, todo es natural, ni la muerte ni la vida tienen que preocuparnos. Delibes y Martín Gaite, dos enormes literatos que nos hacen disfrutar de sus historias. Por cierto, me voy a por «Caperucita en Manhattan» de Carmiña, pero eso será otra historia.

Agradecer a Max este club de lectura y a los compañeros que han enriquecido con sus intervenciones este trayecto en el camino de un trocito de nuestras vidas.

Don Eloy (a partir de mañana Sara Allen), Zaragoza 28/02/2021

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